Miras las manos del viejo estibador,
grietas que narran historias de cal y carbón.
No hay gloria en el andamio que se eleva,
sino un tributo lento que la vida se lleva.

El hierro frío no conoce la piedad,
tampoco las calles ciegas de esta ciudad.

Manos que levantaron imperios ajenos,
hoy tiemblan vacías bajo cielos truenos.
Pero en su rugosidad habita la verdad,
la única y limpia dignidad.