La literatura institucionalizada ha tendido históricamente a estetizar la pobreza, a convertir la marginalidad en un decorado pintoresco para el deleite de las clases acomodadas. En este ensayo, propongo analizar cómo el realismo social de la posguerra rompe con este paternalismo lírico.
Escribir sobre el marginado no requiere compasión, requiere honestidad. Se debe plasmar el lenguaje quebrado, el olor a humedad de los sótanos, la hostilidad del hormigón. Solo así la palabra literaria recupera su valor como acto político.