Los rieles dividían el pueblo en dos mitades exactas: la de los que tenían un porvenir y la de los que solo esperaban el tren para marcharse. Manuel nació en la parte baja, donde el ruido de los vagones de carga hacía vibrar los vasos en la alacena tres veces al día.
Esta novela relata su lucha por cruzar al otro lado, una travesía que no se mide en metros, sino en el precio de la traición y la pérdida de la inocencia bajo las luces frías de los suburbios ferroviarios.