Tenía apenas ocho años, pero sus ojos guardaban la fatiga de un viejo de ochenta. Su escenario era el cruce de la avenida central, justo donde el semáforo tardaba sesenta segundos en ponerse en verde. Sesenta segundos para hacer malabares con tres limones secos.
Los conductores subían las ventanillas, fijando la mirada en el frente como si ella fuera invisible. Algunos ponían seguros. Ella no se quejaba; recogía los limones del asfalto caliente, sonreía a la nada y esperaba el siguiente ciclo rojo.
Cuando la avenida quedó desierta a las dos de la mañana, guardó los limones en su bolsa de plástico y caminó descalza hacia los cartones del callejón, tarareando una canción de cuna que nadie le cantó.