Rodean los vagones vacíos de la medianoche,
con las costillas marcadas por el hambre y el frío.
No le ladran a la luna,
le ladran al silencio del último tren.

Son los guardianes del desecho,
los únicos que no piden pasaporte para entrar.

Compartimos el andén y las migas de pan viejo,
hermanados en esta misma intemperie.
Ellos saben del olvido más que los filósofos,
y lamen las heridas que el día nos dejó.